Con consulta independentista o sin ella, Cataluña pierde

Partiendo de la base de que creo que Cataluña debe pronunciarse sobre su futuro soberanista, comparto algunas de las reflexiones de la cineasta Isabel Coixet que plantea realidades incómodas. No existe autodeterminación a medias; o es, o no es. Y los indicadores señalan que el colectivo catalán está francamente dividido en este aspecto.

En ciertas tesituras no cabe la mayoría simple para emprender una travesía que podría dejar en la cuneta a la mitad de la población. En todo caso, para sellar la soberanía procedería una mayoría cualificada que por ahora las fuerzas independentistas catalanas no están en condiciones de alcanzar, ni siquiera en su afán transversal y aideológico.

Me remito al caso de Quebec, donde muestran ser mucho más civilizados.

Así las cosas, el reto del gobierno catalán (Generalitat) con su convocatoria de referéndum para someter el 1 de octubre su relación con el Estado español al dictado de las urnas, sólo puede conducir a una situación traumática para una de las partes, que sería mucha parte.

Que el Partido Popular (PP) responde en demasiadas ocasiones al perfil de una formación cavernícola, con posos neofranquistas, es algo bien sabido. Que su cerrazón resulta difícilmente soportable, también. Pero lanzar un órdago cantado a la legalidad reinante (que habría que reconfigurar por vías que dejo a la imaginación de cada quién) supone un anticipo de frustración. Una más, en una historia fallida, repleta de sinsabores.

Ciertamente, y con todo mi respeto a quienes abrazan la causa independentista, el desempeño de los integrantes del gobierno catalán responde a las maneras que se estilan mayoritariamente en este país de países. Es decir: mediocres. No hay más. Y con pretensiones, como corresponde a un pasado imperial que Cataluña compartió por defecto, pero que rentabilizó debidamente.

Mi sugerencia: asaltar políticamente el Parlamento central y ganar adeptos para la causa, convencer al resto de la población española de que Cataluña merece pronunciarse en las urnas sobre su deriva, al igual que las otras dos nacionalidades históricas: País Vasco y Galicia. Misión ardua, pero no imposible. Eso sí, habría que emplearse muy a fondo en la pedagogía.

Si no se consigue, habrá que convenir que en España existe también un problema de autismo entre colectivos igualmente cansados de los borbones y del conservadurismo clasista y reaccionario que todo lo ha movido desde que este país de países empezó a bostezar.

¿Por qué la Generalitat no cuenta en su apuesta soberanista con el apoyo explícito, activo y reiterado de vascos y gallegos?

Poderoso caballero… no lo sé. Pero si fuera un catalán disidente, me emplearía a fondo en la seducción de todos aquellos susceptibles de sumarse a la tarea independentista.

Las dudas sobre el éxito del proceso secesionista manifestadas por algunos consejeros de la Generalitat no son gratuitas… ni mucho menos. Por lo pronto, a varios de ellos les ha costado su cargo.

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