Hungría, una de las vergüenzas de Europa

Hungría ejemplifica como pocos países el estropicio generado por el caótico derrumbe de la Unión Soviética (URSS) y su irrupción en el capitalismo salvaje, junto a los antiguos aliados de la potencia comunista que todavía hoy arrastran las secuelas del desmantelamiento de la cobertura social que paliaba las carencias de los estratos más vulnerables.
Ciertamente, el régimen soviético fue degenerando desde la revolución de 1917 en detrimento de las libertades y a favor de una nomenclatura autoritaria y corrupta. Pero también es preciso subrayar que en la URSS y en la mayoría de los países bajo la influencia de Moscú, el Estado satisfacía las necesidades básicas de la población, amén de procurar el acceso a la educación básica, media y superior de amplios sectores que actualmente han quedado desasistidos.
El inefable primer ministro húngaro Viktor Orbán, no sólo aplica con rigor las recetas más ortodoxas de capitalismo a despecho de los más vulnerables, sino que menoscaba los logros democráticos alcanzados con una progresiva implantación del autoritarismo que tanta raigambre tiene en la Europa del este desde mucho antes de su captación soviética.
El deterioro de las libertades es tal que el Parlamento europeo ha solicitado retirar los derechos de voto de Hungría en esta cámara.
Los motivos: la aprobación de leyes de control judicial, especialmente dañinas para las minorías, y las medidas implementadas para perseguir a inmigrantes y refugiados.
Político de talante visceral, Orbán dio luz verde a una norma que conduce a la clausura de la Central European University, un centro académico de prestigio financiado por el multimillonario George Soros, estadounidense nacido en Hungría y más que enemistado con el Primer Ministro magiar.
Estos y otros excesos de las autoridades húngaras han llevado a la Eurocámara a constatar el grave deterioro del Estado de derecho, la democracia y los derechos fundamentales en ese país europeo.

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